Laos: meandros del Mekong

Siguiendo el rumbo del Mekong, una espesa capa de vegetación va alargando cada kilómetro, reduciendo los días de viaje a un apacible deslizamiento de poco caudal. De vez en cuando surgen ciudades ardientes y silenciosas, de gente dulce que sonríe tímidamente. Usan chaquetas de cuero para protegerse del sol, comen baguette y juegan petanca. Han aprendido a construir utensilios de vida con las bombas lanzadas por Estados Unidos durante la Guerra Secreta. Hacen que el país se recorra sin prisa, al ritmo del río que los nutre de norte a sur. Hasta que al final del camino, el curso del Mekong irrumpe en cientos de brazos, haciendo aparecer cuatro mil islas de campos de arroz por las cuales se deambula en bicicleta o desde una hamaca. Buscando los delfines la mirada se pierde en el horizonte y con el paso de los horas poco va importando la incertidumbre de los largos meandros.